“Cuando era un hombre joven, quería cambiar el mundo. Trabajé, luché, hice todo lo que estaba en mis manos pero el esfuerzo era demasiado grande y entonces pensé que quizás era mas accesible cambiar mi nación. Con el mismo entusiasmo y la misma convicción, pasaron los años hasta que me di cuenta de que, quizás mi nación también era demasiado inalcanzable, por lo que sin dudarlo, comencé a focalizar la atención en mi ciudad. Lo cierto es que tampoco pude cambiar mi ciudad y como hombre mayor, intenté cambiar mi familia.
Ahora, mi querido discípulo, que me encuentro en mi lecho de muerte, puedo decirte que lo único que puedo cambiar es a mí mismo. Si hace tiempo hubiera cambiado yo, podría haber sido un modelo para mi familia. Juntos podríamos haber hecho un impacto en nuestra ciudad. Su ejemplo podría haber cambiado la nación y estoy convencido que esto hubiera contribuido a cambiar el mundo.”
Hoy, hace ya casi 20 años, puedo decir que esta historia forma parte de mi vida y como uno de mis bienes más preciados. Te la regalo, Antonio, porque en cada uno de los momentos que te oigo, leo o veo, me recuerdas al maestro que desde su juventud ya sabe que lo primero es el ejemplo personal. Eso es lo que realmente te hace grande como “coach”, el enseñar a otros desde la honradez del que primero hace y luego dice. Ciertamente todo está en los libros pero sentir tu pasión en todo lo que propones, tu habilidad para observar y tu sensibilidad para mostrar lo que a veces no se quiere ver… eso, querido amigo, es un don que está más allá de la profesionalidad. Ahora entenderás porque te llamo “maestro”, ya que no sólo hace referencia al que enseña, sino al de la historia que te cuento, con la gran diferencia de haber aprendido dónde está realmente el objetivo del ser humano que cada día quiere mejorar.
Con mis mayores respetos por tu forma de trabajar y por tu forma de estar.